
—Miren —dijo Miranda. Y la pantalla se iluminó.
La estrella oscura se hallaba en el centro de la misma, a una distancia aproximada de ocho días luz (lo más cerca que nos atrevíamos a llegar). No estaba completamente muerta, ni oscura del todo. La contemplé aterrado. Era algo enorme, como cuatro masas solares, los restos imponentes de una estrella gigantesca. Brillaba en la pantalla lo que parecía ser una enorme extensión de lava. Islas de cenizas y escoria, del tamaño de algunos mundos, giraban en un mar de magma fundido y destellante. La luz, de un rojo oscuro, amenazaba con quemar la pantalla. De color negro contra el fondo escarlata, la estrella agonizante latía todavía con su antiguo poder. En la profundidad de aquel monstruoso montón de escoria, el núcleo seguía gimiendo y respirando. En tiempos, el brillo de esta estrella había iluminado un sistema solar. No me atrevía a imaginar los billones de años transcurridos desde entonces, ni a pensar en las posibles civilizaciones que saludaron a la fuente de toda luz y calor antes de la catástrofe.
—Ya he tomado los datos térmicos —dijo Miranda—. La temperatura de la superficie es de novecientos grados por término medio. No hay posibilidad de tomar tierra.
La miré furioso.
—¿De qué sirve la temperatura media? Sea más específica. Una de esas islas…
—Las masas de ceniza irradian calor a doscientos cincuenta grados. En los intersticios, la temperatura es de mil grados en adelante. Todo funciona a una media de novecientos grados, y cualquiera que bajara ahí se fundiría en un instante. De todos modos, amigo, por mí puede ir. Si quiere. Le otorgo mi bendición.
—No dije…
