
—Usted sugirió que podría haber un lugar seguro para aterrizar en esa bola de fuego —gruñó Miranda. Su voz era de un bajo profundo, ya que su pecho constituía una enorme caja de resonancia—. Puso maliciosamente en duda mi capacidad de…
—Utilizaremos la cápsula de rastreo para efectuar la inspección —intervino el microcéfalo con voz razonable—. Jamás se habló de un plan para aterrizar en la superficie de la estrella.
Miranda se serenó. Yo contemplé con espanto la visión que llenaba nuestra pantalla.
A una estrella le cuesta mucho tiempo morir, y la reliquia que contemplaba me impresionó por su desmesurada edad. Había brillado durante billones de años hasta que el hidrógeno, su combustible, se extinguiera al fin y aquel horno termonuclear empezara a expulsar su contenido. Una estrella tiene ciertas defensas contra el enfriamiento. Al disminuir su provisión de combustible, comienza por contraerse, elevando la densidad y convirtiendo la energía potencial gravitacional en energía térmica. Entonces toma nueva vida, se convierte en un pigmeo blanco, con una densidad que se eleva a toneladas por centímetro cúbico, y sigue ardiendo de modo estable hasta que se oscurece al fin.
Hemos estudiado esos pigmeos blancos durante siglos y conocemos sus secretos… o creemos conocerlos. Un trozo de materia de un pigmeo blanco se mantiene ahora en órbita en torno al observatorio de Plutón para incrementar nuestra iluminación.
Pero la estrella de nuestra pantalla era distinta.
En tiempos, había sido una estrella muy grande, mayor que el límite de Chandrasekhar, 1,2 masas solares. Por lo tanto, no se contentó con reducirse paso a paso a la condición de un pigmeo blanco. El núcleo estelar se hizo tan denso que la catástrofe llegó antes que la estabilidad. Cuando hubo convertido todo su hidrógeno en hierro-56, cayó en un colapso catastrófico y se convirtió en supernova. Una onda de shock atravesó el núcleo, convirtiendo la energía cinética del colapso en calor, vomitando neutrinos. La envoltura de la estrella alcanzó temperaturas por encima de los doscientos mil millones de grados. La energía térmica se transformó en radiación intensa, surgiendo de la estrella agonizante, y esparciendo la luminosidad de una galaxia por un momento breve y espasmódico.
