Lo que ahora veíamos era el núcleo que había quedado tras la explosión de la supernova. Incluso después de aquella violencia extrema, lo que aún restaba intacto tenía un tamaño impresionante. Aquella envoltura destrozada llevaba siglos enfriándose, enfriándose hasta su muerte definitiva. Para una estrella pequeña, la aniquilación habría consistido en la simple muerte por enfriamiento: un último estallido. Y los restos girarían en el vacío como un horrible montón de cenizas, sin luz ni calor. Pero éste, nuestro núcleo estelar, seguía más allá del límite de Chandrasekhar. Le estaba reservada una muerte especial, una muerte espantosa e improbable.

Y por eso habíamos venido a verlo perecer, el microcéfalo, la muchacha adaptada y yo.

Puse nuestra pequeña nave en una órbita que dejara amplio espacio a la estrella. Miranda se entregó a las medidas y computaciones. El microcéfalo tenía cosas más abstrusas que hacer. El trabajo estaba muy bien dividido y cada uno teníamos nuestras tareas. El gasto de enviar una nave a una distancia tan grande había limitado necesariamente los miembros de la expedición. Sólo tres: un representante de los seres humanos, un representante de los pueblos adaptados de las colonias y un representante de la raza de los microcéfalos, nativos de Quendar, los únicos seres inteligentes, aparte de nosotros, en el universo conocido.

Tres científicos consagrados a su trabajo. Tres seres que, en consecuencia, vivirían en serena armonía durante el curso del trabajo, ya que todo el mundo sabe que los científicos carecen de emociones y sólo piensan en sus secretos profesionales. Todo el mundo lo sabe… De todas formas, ¿cuándo empezó a circular ese mito? Dije a Miranda:



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