Sólo el descubrir la estrella constituía ya un éxito. Su luminosidad era tan baja que no podía detectarse ópticamente a una distancia superior a un mes luz. La señaló un telescopio de rayos X fijado en un satélite, tras detectar las emanaciones del gas neutrón degenerado del núcleo. Le dimos la vuelta y realizamos nuestras funciones de medida. Tomamos nota de la caída de neutrones y la captura de electrones. Computamos el tiempo que faltaba antesdel colapso definitivo. Cuando se hacía imprescindible, colaborábamos, pero la mayor parte del tiempo actuábamos por separado. La tensión crecía en la nave. Miranda aprovechaba todas las ocasiones para provocarme. Y aunque me gustaría decir que yo estaba por encima de tanta estupidez, he de confesar que hacía lo mismo y que devolvía golpe por golpe. Nuestro compañero alienígena jamás realizó el menor intento por fastidiarnos, pero las agresiones indirectas pueden resultar enloquecedoras en un ambiente tan reducido, y la indiferencia benévola que del microcéfalo afectaba ante nosotros suponía una fuerza de disonancia tan potente como la franca astucia de Miranda o mis respuestas deliberadamente obstinadas.

La estrella se extendía en nuestra pantalla, burbujeando con una vitalidad que negaba su muerte tan próxima. Las islas de escoria, de miles de kilómetros de diámetro, se desprendían y volaban al azar en aquel mar interior de llamas. De vez en cuando, eructaban partículas desgarradas del núcleo. Nuestras cifras mostraban que el colapso final estaba cerca, lo cual significaba que nos hallábamos enfrentados a una elección difícil. Alguien habría de analizar los últimos momentos de la estrella oscura. Sin embargo, el riesgo era muy grande. Incluso fatal.



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