
Ninguno de nosotros mencionaba esa responsabilidad definitiva.
Avanzábamos hacia el clímax de nuestro trabajo. Miranda seguía molestándome siempre que podía por pura maldad. ¡Cómo la odiaba! Habíamos iniciado el viaje con toda frialdad, sin nada que nos dividiera, aparte los celos profesionales. Pero tantos meses de convivencia habían convertido nuestras diferencias en una enemistad personal Sólo verla me volvía loco, y estoy seguro de que a ella le ocurría lo mismo. Dedicaba toda su energía a un intento inmaduro por perturbarme. Incluso se aficionó más tarde a caminar desnuda por la nave, supongo que para despertar en mí alguna reacción sexual que pudiera rechazar con un desprecio burlón. Por fortuna, no experimentaba el menor atisbo de deseo por una criatura grotesca y adaptada como Miranda, un montón de músculos y huesos el doble de mi tamaño. La visión de sus enormes senos, de sus nalgas monumentales, sólo me producía asco.
¡La muy bruja! ¿Era deseo lo que trataba de provocar al exhibirse de aquel modo a odio? En cualquier caso, me tenía cogido. Debía de saberlo.
En nuestro tercer mes en órbita en torno a la estrella oscura, el microcéfalo anunció:
—Las coordenadas muestran un acercamiento al radio de Schwarzschild. Es hora de enviar nuestro vehículo a la superficie de la estrella.
—¿Cuál de nosotros manejará el monitor? —pregunté.
—Usted —me señaló Miranda con una mano asquerosamente gruesa.
—Creo que usted está mejor equipada para hacer las observaciones —repliqué melosamente.
—Gracias, pero no.
—Habrá que echarlo a suertes… —empezó el microcéfalo.
—Eso es injusto —interrumpió Miranda, mirándome furiosa—. Él haría trampas. Jamás podría confiar en él.
—¿Cómo lo decidimos si no? —preguntó el alienígena.
—Votando, por ejemplo —sugerí—. Yo voto por Miranda.
—Y yo por él —contestó a toda prisa.
